Esta situación puede llevarnos a una falencia de seguridad en la vida diaria, fácil de derivar en una depresión

Muchas veces transcurrimos nuestras vidas sin haber podido superar un episodio traumático, como una muerte cercana, una pérdida sentimental, o por tratar de controlar nuestra ansiedad mediante la ingesta desmesurada de comida.
Al primero de los casos, se le denomina clínicamente Obesidad Psicógena Reactiva y al segundo Obesidad Psicógena de Desarrollo.
Por supuesto, en ambos supuestos el incremento de peso se debe a un desfase entre las calorías que comemos y las que quemamos mediante actividad o ejercicio pero en este diagnóstico el origen y el mantenimiento, en la mayoría de los casos, es psicológico y emocional.
Comemos para tranquilizarnos, porque las sensaciones que nos produce el acto de alimentarnos son placenteras. De esta manera, resulta muy fácil caer en la trampa de asociar la comida con una reducción del malestar. Comer algo que nos gusta nos aporta un refuerzo y, además, de manera inmediata.
«Si la persona llega a percibir esto, y lo asocia, puede empezar de manera progresiva a realizar mayor ingesta alimentaria.
Una vez iniciado el proceso, es difícil romper el círculo vicioso. Comemos por estrés y engordamos. Al vernos mal, perdemos nuestra autoestima, nos sentimos mal, y comemos».
Esta realidad nos lleva a importantes dificultades en nuestra vida, «pudiendo propiciar problemas de baja autoestima, limitación de la vida social y ansiedad.
Puede ser un factor limitante para nuestra calidad de vida y desarrollo personal e incluso laboral.
Estamos, sin querer, ayudando a que nuestro cuerpo se mantenga en ese peso que no es saludable para nosotros, lo que a su vez interfiere con nuestras posibilidades de desarrollo personal».