En una era dominada por la volatilidad de lo digital, surge una necesidad creciente de recuperar la materialidad. La fotocerámica, una técnica milenaria que hoy vive un renacimiento en talleres contemporáneos, se presenta como la respuesta perfecta a ese deseo de permanencia. Lejos de su antigua asociación exclusiva con lo funerario, esta disciplina emerge hoy como un territorio de exploración para artistas jóvenes que buscan transformar la imagen en un cuerpo sólido y eterno.

Un diálogo entre lo digital y lo artesanal
La fotocerámica actual no ignora la tecnología; la abraza para potenciarla. Las imágenes —ya sean archivos familiares, fotos de mascotas o creaciones digitales— se intervienen y editan mediante software para luego ser sometidas a un proceso de revelado y horneado a altas temperaturas. Como explica Laura Ganado, artista y académica de la UNLP, el valor reside en la temporalidad lenta: «Se intenta, se borra, se experimenta sin esperar lo inmediato. Hay un goce en ese procedimiento analógico».
El anclaje emocional en el hogar
Desde una perspectiva psicológica, estas piezas funcionan como anclajes emocionales. Al vitrificar el rostro de un ser querido o un momento especial, la memoria deja de ser un archivo frágil para convertirse en un objeto cotidiano que habita nuestra casa. Es una forma de «darle cuerpo» al afecto, permitiendo que el lazo persista a través de las generaciones sin degradarse. En palabras de Ganado: «La fotocerámica nos regala observar ese presente estático; el referente está ahí, en un tiempo que no le pertenece, pero que ahora es superficie y permanece».



